sábado, 11 de mayo de 2013

UN HAREM CRIOLLO


UN HAREM CRIOLLO

 Cierta vez, hace dos o tres años, me crucé con un antiguo amigo por la calle; yo me dirigía a entrevistarme con mi administrador y revisar los papeles de respaldo de mis inversiones, y él creo que estaba simplemente dando una pequeña vuelta por los restos de la antigua cabecera colonial de Sudamérica.

Al cruzarnos, nos saludamos con una breve inclinación de cabeza y seguimos de largo, pero como si el mismo imán nos hubiera jalado, dimos media vuelta, mencionamos nuestros nombres, nos abrazamos y fuimos al Club Nacional a bebernos unos pisco sauers y hablar de todos los años que habían pasado sin la menor noticia uno del otro.

Ambos estábamos disculpados: él hacía como dos semanas que había regresado a nuestra patria, y yo a veces estaba y a veces no estaba como para coincidir con él en alguna de sus vacaciones.

Los dos éramos unos vergonzantes rentistas, pero él daba cursillos de posgrado sobre literatura hispanoamericana en universidades europeas y norteamericanas, y yo sólo vivía dedicado con alma, corazón y vida al dulce fer niente.

Habíamos sido bastante amigos en el colegio y en la Universidad (los dos cursamos Letras y Derecho), pero las novias y otros intereses inmediatos, nos fueron separando. Es la vida, como se acostumbra decir.

Sentados cómodamente en los viejos sillones de cuero, nos contamos nuestras modestas e insignificantes existencias, y en la depresión en la que fuimos cayendo, nos dedicamos a secar un pisco sauer tras otro.

Estábamos ligeramente achispados y nuestra conversación derivó hacia las muchachas de esos lejanos años.

Hablamos de nuestras novias, de las chicas que nos gustaban, de alguna en la que habíamos coincidido, y también de esos ligues relámpagos que sólo duraban una noche muy corta.

En eso estábamos cuando de pronto me dijo que me iba a contar una historia que jamás había contado y que ahora le había venido a la memoria.

Te pido la máxima discreción, no me gustaría que se propagase.

Yo sonreí. 

¿Recuerdas que cuando estaba en la Universidad vivía en un inmenso edificio lleno de departamentos?

Seguramente estuviste alguna vez en él, me dijo, moviendo la cabeza (y claro que había estado, no una vez sino varias, e incluso alguna veces sólo pero bien acompañado).

Bueno, esta historia se inició en esos tiempos, cuando comenzaron a presentarse en el departamento, por las tardes, unas muchachas de la universidad; venían en grupito de cuatro o cinco, querían conversar sobre las materias que estudiaban o sus trabajos pendientes, e incluso a pedirme un libro prestado o a que les recomendara alguna novela, cosas así.

Luego comenzaron a venir sin motivo alguno, y se pasaban horas en mi departamento, leyendo, oyendo música o conversando entre ellas; era ya como un club donde reunirse.

Yo no les hacía el menor caso y supongo que ellas tampoco a mí.

Eran mis alumnas y no podía despacharlas.

Una mañana se presentó una sola de las muchachas; yo estaba en el dormitorio, recostado en la cama, leyendo.

Ella, llamémosle Alicia, se quedó en la sala haciendo cualquier cosa.

Y después, al poco o mucho rato, entró al dormitorio a preguntarme algo que no recuerdo, pero, en cambio, si recuerdo que me preguntó qué leía y que me pidió que le recomendara una novela entretenida.

Me levanté, le di un libro y volví recostarme en la cama a seguir leyendo.

De pronto, no sé por qué motivo, le pregunté si quería echarse en la cama a leer conmigo.

Me dijo: ¿sólo a leer?, con sonrisa pícara; le contesté, sí, sólo a leer, nada más, poniendo mi cara seria.

Entonces se quitó los zapatos y se echó a mi lado.

Era una cama individual, no muy ancha, tal vez de una plaza y media, pero quien se colocara a mi lado, en algún momento, a propósito o de casualidad, chocaría conmigo... o yo con ella.

Y así sucedió, tres o cuatro veces por lo menos.

Al cabo de una media hora, me dijo que ya debía de irse, se levantó, se puso sus zapatos, dejó la novela en la mesa y entró al baño a arreglarse.

Al despedirse me dijo que si venía alguna de las chicas, le dijera que ya se había ido al Quinto patio, una especie de café de raigambre universitario.

Y se fue.

Dos o tres días más tarde, volvió a presentarse, me siguió al dormitorio, agarró la novela que seguía sobre la mesa y se quedó de pie, en el centro de la habitación, mirándome.

Yo no dije nada; únicamente me arrimé para dejarle sitio.

Sólo hice el movimiento; no sonreí ni tuve que hacer una broma; sin mirarla me moví a un costado; eso fue todo.

Ella se echó a mi lado, luego de quitarse los zapatos.

Chocamos varias veces y en una de esas, quedamos mirándonos de frente.

De verdad, no sé si fui yo o si fue ella quien acercó más la cara como para besarme o como invitándome para que la besara.

Y, claro, la besé.

Y durante un buen rato estuvimos besándonos y acariciándonos.

Como es lógico, besarse de lado es agradable pero también incómodo, así que lo normal fue que me subiera sobre ella.

Desde ahí bajé la mano para levantarle la falda, pero ella me susurró al oído, eso no, por favor, ahora no…

Y yo, como buen caballero, respeté su decisión.

Pero con los cuerpos pegados qué haces, te mueves.

Es lo natural.

Tienes la pinga al palo, ella te siente y le gusta que tú te muevas haciéndole notar tu excitación que, a la vez, también la va excitando a ella.

Tú eyaculas, y a ella le da placer saber que has llegado a tus límites sexuales; siente que te vas relajando y luego ve que te echas al lado como diciendo esto ya terminó.

Acercando su cabeza a la mía me preguntó si me había molestado con ella.

¿Por qué? ¿Y tú conmigo?

No, me contestó, al contrario ha sido maravilloso sentirte así.

Yo prendí un cigarrillo y ella se fue al baño.

Cuando regresó se puso a mi lado, de pie, y me preguntó: ¿Esto es entre tú y yo, no?

Claro, le contesté sonriendo.

¿No le dirás nada a las chicas, verdad?

Nada de nada; lo juro, le prometí con un tonito de broma que pareció no distinguir.

Se inclinó, me besó en la mejilla y se fue.

Este jueguito se convirtió en una especie de costumbre.

Un día a la semana venía Alicia al mediodía, se echaba a mi lado, ya sin preguntarme nada, leíamos los dos un rato, disimulando, y luego volvíamos a ese juego que los chicos llaman puntada de sastre.

Un juego de adolecentes, sin la menor duda. 

Era agradable, no como tirártela seguramente, pero agradable, como un calentamiento preliminar para algo que no llegaba a su fin natural entre nosotros.

Cuando Alicia venía por la tarde con sus amigas, yo seguía leyendo o trabajando, y ella, como siempre, se quedaba con ellas, sin mirarme o decirme algo especial: ambos disimulábamos la relación que se había creado entre nosotros.

Una o dos semanas después, al regresar de un desayuno de trabajo, me encontré con Paquita echada en mi cama, leyendo.

Apenas me vio se levantó y yo, no sé a cuento de qué, le dije que si quería seguíamos los dos leyendo en la cama.

Mira, la verdad es que si sabía a cuento de qué le decía eso; a esas alturas de la vida uno ya no puede aparentar que se es tan inocente.
 
Y ella, sin más trámite, aceptó.

Así que los dos nos pusimos a leer, pero a los cinco minutos ya estaba yo subido sobre ella.

Y todo se desarrolló como con Alicia, incluso con el ahora no, por favor.

Pero ya con dos chicas a la semana jugando al sastre, se imponía una disciplina.

Con el pretexto de que seguramente tendría continuos desayunos de trabajo, le dije a cada una que debíamos fijar un día para que yo pudiera saber que me encontraría con ella y no aceptar justamente ese día algún compromiso.

Quedé el martes con Alicia y el jueves con Paquita.

Y aunque te cueste creerlo, un día me encontré con todas las mañanas citado con alguna de las chicas del grupo.

Una a una fueron subiendo a mi cama a leer conmigo y una a una fueron aceptando ese juego que finalmente resultó como calcado para cada una de ellas. 

Sin embargo, también es cierto que tenían diferentes maneras de jugar, algunas se atrevían más o buscaban satisfacciones más intensas, pero ninguna de las cinco aceptó salir de los límites que desde el principio me habían impuesto.

Cada día, aunque no lo creas, el placer era más intenso en mí, como algo nuevo, como algo diferente, como algo inesperado...

Era como tener un harem matinal…

Cada día lo disfrutaba más, lo gozaba en grande.

Cinco chicas, al parecer vírgenes, jugando conmigo al borde del acantilado.

Lamentablemente, un juego así no podía prolongarse de forma indefinida sin transformarse.

No sé por qué motivo y por qué causa, seguía teniendo en las noches mi relación normal con Lucero, mi enamorada de ese tiempo, ¿la conociste, no?, íbamos al cine, a cenar a un buen restaurante de moda, dormíamos juntos unas pocas horas y después salía disparada para su casa.

Otras noches, en las que me quedaba solo porque Lucero tenía algún compromiso profesional, buscaba a otras amigas, pellejitos las llamábamos, ¿recuerdas?, a las que te tirabas una vez y adiós, buen viaje, gracias.

Cosas de la vida; sí, tienes razón, de la ardorosa juventud.

Pues bien, y esta es la parte indiscreta, inesperada: un día, jugando con Sonia, alcanzamos un sorpresivo clímax erótico y, entre esos trajines, le susurré al oído, quiero poseerte; sí, sí, pero no me desgracies, me contestó con una voz muy lejana y temblorosa.

Con besos y caricias comencé a desnudarla.

Descubrí, asombrado, formas y senos perfectos, bellezas magníficas que la ropa ocultaba.

Pero yo continúe vestido, de rodillas, mirando, saciándome, llenándome de a una turbadora emoción carnal.

Ya desnuda, se mantuvo echada de frente sobre la cama; yo me desabroché la correa y me preparé para introducirme en ella.

No, no, me dijo, no me desgracies, y no quiso darse la vuelta; entonces los dos, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, aceptamos la sodomía como la mejor alternativa para saciar nuestros deseos.

Así que entré en ella, despacio, con cuidado, besándola en el cuello, mordiéndola suavemente, jalándole el cabello, golpeando con lentitud, hasta que los dos explotamos en una satisfacción inmensa que los dos supimos silenciar dentro de nosotros mismos.

Con esmerada lentitud salí de ella, le hice dar la vuelta, apoyar su cabeza en mi pecho y, como si fuera lo más natural del mundo, se puso a llorar diciendo te amo, te amo, no te molestes conmigo...

Y así fue como iniciamos la tierna costumbre de jugar de esa manera.

Poco a poco, mi harem se fue incorporando a los nuevos juegos.

Las cinco reaccionaron igual, como si estuvieran cortadas por la misma tijera.

Muchas veces imagine que ellas estaban de acuerdo, lo tenían hablado y me estaban utilizando tanto como quisieran y hasta el punto que habían decidido arriesgarse.

No sé, nunca logré saberlo; me parecía que no, pero quién puede jurar sobre estas cosas.

De las cinco, sólo una, Lupe, no volvió a venir a verme.

Desapareció después del primer día de la extensión de nuestro juego; quizá llegó a un punto que no se esperaba o que la ofendió o la humilló mucho; no sé, fue la única que desapareció de pronto. 

Las chicas, cuando comentábamos sobre su alejamiento, me decían que tenía problemas con su padre, que quizá tuviera un novio, que estaba muy atrasada en sus estudios, en fin, toda clase de excusas y explicaciones que se inventaban porque tampoco sabían la causa.

Sólo la vi una vez, después de varios años: estaba irreconocible: gorda, vieja, gastada, con un gesto adusto y vestida con ropa corriente.

Su hermoso cabello  castaño se había transformado en un casquete sin brillo, pintado, pajizo.

Nos detuvimos en medio de la calle, sorprendidos, nos dimos besos en las mejillas y nos quedamos callados, mirando a otro lado, como si ya no tuviéramos nada que decirnos y nos avergonzara estar frente a frente.

Y sí, esa era la terrible verdad.

Nos despedimos apresuradamente.

Poco después supe que era madre soltera, que un compañero de la Universidad la había embarazado y no había querido asumir ninguna responsabilidad, alegando que no sólo era novia suya, que ya estaba muy trajinada, que se había entregado a varios compañeros y que, si era necesario, los traería para que vieran que no mentía.

Fue un hecho bochornoso que se chismeó con gran escándalo por la facultades de letras y derecho en la Universidad.

Ella dejó sus estudios y entró a trabajar en la secretaría de un ministerio… no recuerdo cuál era.

Cuando me contaron la historia, me sentí herido.

Me atribuí culpas que, quizá, en realidad, tenía.

Me molestaba haber excitado a esa muchacha, de haberle creado necesidades sexuales.

Quizá por culpa mía, ella abandonó la universidad y tuvo que resignarse a un empleo y a una vida que no llenaba sus aspiraciones.

Tal vez me odiaba, quizá me echaba la culpa de su fracaso.

Pero no podía hacer nada para ayudarla.

Ella ya vivía su vida, cualquiera que fuera, y yo también la mía; ya no habían caminos que se cruzaran.

Como una vez me dijeron: nuestras culpas justifican los pesares de otros o ya fueron olvidadas.

La historia de mi harem, terminó poco a poco.

Desde el primer día, cuando Alicia se echó a mi lado, hasta la última visita de una de ellas, transcurrieron unos ocho meses.

Nos fuimos alejando sin pensarlo ni quererlo ni decirlo.

A mí se me complicó la vida y no disponía libremente de mi tiempo, y algunas veces ellas no llegaban cuando las esperaba.

De cualquier manera, fue una historia extraña y para mí, cuando la recuerdo, gratificante.

Salvo Lupe, las otras cuatro terminaron sus estudios y ejercen sus profesiones.

Se casaron, tienen hijos, una se divorcio pero volvió a casarse, y hasta donde sé, sus jueguitos conmigo no fueron trascendentes ni significaron algo en sus vidas.

Para ellas, como para mí, sólo fueron juegos, unos juegos solamente; nada más.

Y supongo que ellas también supieron disfrutarlos.


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